Recuerdos 2

La Pesca

En la pared de enfrente colgaba una pequeña marina. La imagen típica: la playa, la barca, el desorden de las olas, la espuma, un fondo de tormenta, aguas verdes y negras coronadas de blanco.

La pintura no era nada del otro jueves, posiblemente fuera obra de un familiar aplicado. Su visión provocaba en mi un sentimiento curioso: hacía brotar el deseo de que cobrara vida, que alcanzara la playa la amenaza de tormenta, que creciera la altura de las olas, que cayera su negrura sobre la barca roja y blanca, de que el agua salada desbordara el marco e inundara aquella insípida sala de espera.

El mar, la mar, no se merece el encierro en un marco de 25 X 40 cm. El movimiento continuo no se puede contener. Para aprehender el movimiento hay que detenerlo, destruirlo. Algo parecido a lo que pasa con el baile. Se puede detener, pero dejará de ser una danza.

El mar, la mar, se viste de luz de luna para dejar ver, sentir, su magia, su poder contenido bajo los negros de sus aguas. Cuando pescas, contaba mi amigo Julio, notas la vida debajo de esa superficie opaca, ondulante, hipnótica. El nylon es un hilo telefónico que transmite en clave de morse los movimientos donde no alcanzan los ojos. Los tironcillos leves informan de los pequeños bocados de peces mosdisqueando la carnada. Si el tirón es un poco mayor, el cuerpo se pone alerta, por si esa primera sacudida se repite. No ves nada, pero sabes que hay un pez que está a punto de morder el anzuelo. Otro tirón nervioso. Te pones en pie. Levantas la punta de la caña y empiezas a recoger nylon. Sientes las sacudidas, la oposición del pez a ser arrastrado, su pugna por no salir fuera del agua. La resistencia del pez agranda su tamaño en la imaginación. Esa es la causa, decía mi amigo Julio, de que los pescadores tengan fama de mentirosos. En fin, una pieza que sobrepase el palmo ya te pone contento, sonreía Julio nada más imaginar la captura.

Aquella noche de luna había cogido una lubina de ración y una lisa más o menos del mismo tamaño. Ambas estaban a buen recaudo en un cubo colocado varios metros detrás. Es una precaución que siempre ha de tomarse: los aperos, el cubo con las capturas y la carnada han de colocarse en lugar seguro, lejos del alcance del agua.

Pescar es estar siempre pendiente de la tensión del nylon. Estaba concentrado en distinguir la tracción de las olas de los tirones de los peces cuando detrás suyo escuchó volcarse el cubo. Los dos peces capturados no tenían tamaño como para tumbar el cubo con sus coletazos. Cuando se dio la vuelta, la luz de la luna iluminaba un gato negro, como las olas del mar, de retirada con uno de sus peces sobresaliendo por ambos lados de la boca. La ira más primitiva creció en él, como si el robo oportunista le hubiera privado de la cena más suculenta. Dejó caer la caña a un lado, corrió hasta caja de los aperos, cogió el cuchillo de cortar la carnada y se lo lanzó al gato que trotaba ya fuera de su alcance. Creo que, de haber podido, hubiera ajusticiado “in situ” a aquel ladrón.

La herida estaba en el amor propio, en no poder lucir las capturas después de pasar una noche pescando a la luz de la luna llena.

Esa es la historia que me contó mi amigo Julio López.

– ¡El siguiente!

– Buenos días, doctor. Tiene usted una bonita marina en la sala de espera.

– Sí. Es de una sobrina de mi mujer. Tiene buen gusto. ¿A por recetas?

Anuncios

Recuerdos

Los recuerdos vuelan, vuelan como mariposas. Es un vuelo errático, impredecible, secundando la brújula del capricho. Los recuerdos surgen tímidos, suaves, como fondo de una escena aun inesperada. Otros llenan el primer plano con intensidad evocando sentimientos de rencor, de desconcierto, de ansiedad, de vergüenza, de venganza … Nos hacen sonreír con ternura, evocan situaciones de éxito, de triunfo sobre un competidor. Y todo de modo caprichoso, arbitrario, casi siempre ajeno a nuestra voluntad. Con frecuencia, contra ella, dependiendo siempre de donde se pose la mariposa.

El bolígrafo BIC Cristal, ya sabes, un BIC con carcasa transparente y capuchón azul, vuela a través del tiempo mientras lo giro entre los dedos. Su transparencia mate sin reflejos me lleva lejos, a la Cuba de los años 90. La caída de la Unión Soviética y el final de las ayudas habían provocado un nuevo “periodo especial”. Ese era el contexto en el que tres amigos decidimos hacer un viaje a la perla del Caribe. En nuestro equipaje metimos, entre otras cosas, una caja de endeble cartón amarillo con el dibujo de un bolígrafo BIC de punta fina, de carcasa amarilla y capuchón azul, porque supusimos que duraban más.

Una vez en La Habana conseguimos colocar un par de paquetes de folios, maquinillas de afeitar desechables, unas cuantas pastillas de jabón, agujas de coser, bandejas de antiinflamatorios y analgésicos, etc.. pero los bolígrafos BIC de punta fina y capuchón azul seguían con nosotros en la mochila de Jaime. No queríamos entregarlos y que sirvieran para trapichear. Queríamos ayudar a paliar las necesidades de un centro educativo.

En nuestro deambular por La Habana Vieja pasamos por delante de una escuela casi sin advertirlo, tan tranquila y silenciosa estaba. La puerta, sin embargo, se encontraba abierta, así que nos envalentonamos y nos llegamos a la entrada. Llamamos con los nudillos en la hoja de la puerta para llamar la atención de nuestra presencia, pero sin éxito. Volvimos a insistir, sin resultado. Estábamos a punto de darnos la vuelta, cuando apareció una mujer con una expresión de desconcierto. Con educación nos preguntó si deseábamos algo, que sintiéndolo mucho, la escuela no se visitaba. Con la mejor sonrisa de cada uno de nosotros aclaramos que traíamos bolígrafos para la escuela. Jaime rebuscó en su mochila y sacó la caja amarilla con el dibujo de un bolígrafo BIC punta fina de carcasa amarilla y capuchón azul.

La caja de veinte unidades había ocupado un espacio no pequeño en nuestro equipaje, pero cuando quedó en manos de la mujer se convirtió en un paquetito insignificante frente a las necesidades de la escuela. La mujer miró la caja con agradecimiento y nos informó que los compañeros estaban comiendo, pero que, si lo deseábamos, podía llamar al director para que nos diera las gracias. Conscientes de golpe de la pequeñez de nuestra aportación, aseguramos que no era necesario agradecernos nada.

Nos despedimos y durante un buen rato nadie dijo nada. Fue Jaime el que comentó al final: espero que tengan papel para gastarlos.

Net’s storys (Sic Wolf Wondratschek)

Maider no se quedó. Aun no sé si fue por tardar mucho en quitarme la ropa. Hacía frío.

Carmen no volvió. No sé si fue por los espagueti que me quedaron salados o porque solo quería hablar. No conseguí contarle que me gustaba la fotografía.

Carolina me dejó frente a un café con leche. Tenía una hija a la que no quería defraudar. Me cansé de mandarle whatsapps.

Lina y yo quedamos en la Plaza del 2 de Mayo. Después del primer rioja me contó que era psicóloga de la escuela lacaniana. Después de otros dos riojas más se montó en su Smart y desapareció consciente o inconscientemente. Yo tampoco la volví a llamar.

Lucia llegó tarde y se marchó pronto. El tiempo que estuvimos juntos no paró de quejarse del trabajo.

Jazmín me aclaró su posición por whatsApp: “Quería decirte que me caes muy estupendamente, pero no te veo como pareja. Te lo comento porque no quiero malas interpretaciones en este tema. Un beso.” Reconozco que no contesté.

Carola tenía prisa por encontrar novio.

Izar trabajaba en el norte del país y el móvil asfixió poco a poco la comunicación por falta de temas sobre los que hablar.

Rosa se comunicaba exclusivamente por whatsApp. El corrector provocaba malos entendidos continuamente. Muchos de ellos están aun sin aclarar.

Encarnación había puesto en el perfil la foto de un viaje a Berlín que había hecho años atrás.

Susana aseguraba no querer hablar de política ni de religión. Permanecimos callados un largo rato.